Primeras horas de un viaje al centro de mi sueño


Cuando me despedí de mi esposa y de mi hijo lloré. Lloré bastante. Incluso sabiendo que venía al Mundial. Lo máximo. Lloré porque extraño mucho y es la primera vez que me alejo tanto tiempo de mi hijo de dos años y medio. Y lloré un poco más. No frente al nene, pero sí con mi esposa en el auto y en el aeropuerto antes de embarcar. Bastante. Mi foco en ese momento era ese: extrañar desde muy lejos por mucho tiempo. Casi 40 días. Inédito en nuestra historia como familia.

Hice migraciones lagrimeando, pero intentando contenerme. Porque le juré a mi esposa que iba a disfrutar al máximo de lo máximo, el Mundial. No hay evento en el mundo que me seduzca más que una Copa del Mundo. Los Beatles junto a los Rolling Stones en vivo en la Luna tampoco. No busquen más. Y ella fue la máxima impulsora de que me embarque en esta aventura.

Me subí al avión de Alitalia y a mi lado se sentó una mujer que no dejaba de estudiar una inmensa cantidad de hojas. Sospeché que era periodista y viajaba a Rusia para el Mundial. Lo era. Comenzamos a hablar y me reenfoqué. Por mí y por mi familia, tal vez en la previa más excitados por mi viaje que yo, que bastante asustado estaba, al igual que feliz, claro, aunque por esas horas, sin noción real de adónde me dirigía.

La charla con la colega y recordar con calma las palabras de mi esposa me calmaron. Por diferentes razones, desde ya. Y la calma permite pensar mejor. Ni menos ni más. Mejor. Porque el único pedido que recibí de amigos y familiares fue “disfrutá y no dejes de contarnos las cosas que vivís allá”. Reporte diario exigen. Y está muy bien.

La llegada a Moscú se hizo esperar casi 24 horas. Extenuante. Dormir incómodo, aeropuerto y comida de avión. Nadie puede llegar entero a ningún lugar así. Pero evidentemente el Mundial genera otra cosa. Porque enseguida me encontré con los colegas con los que compartiré departamento durante 35 noches. Apenas van dos y las sobremesas repletas de chistes, anécdotas y debates futboleros ya pagaron el esfuerzo. Porque estos tipos saben y mucho. Y yo escucho, participo, aprendo. Soy bueno en eso.

Y entonces recuperé la sonrisa que tanto me costó en la despedida y que mi esposa me pidió que perdiera y para eso, como solamente ella puede y sabe hacerlo, me cuida y me alienta desde la otra punta del mundo mientras mi hijo hace sus monerías ante la cámara del teléfono.



Empiezo a entender adónde estoy y para qué. Empiezo a sentirme uno más y que con los que convivo son también “uno más”. Los bajé del pedestal. Aunque ellos se bajan solos por su sencillez, calidez y compañerismo. Del pedestal “al barrio”, como me dijo Ezequiel.

De hecho, se me cayó en la calle una botella de vino que compramos para acompañar la pizza para la cena del martes, y tanto habíamos debatido sobre la seguridad y la rigurosidad de las autoridades locales, que el percance me valió la jocosa advertencia “Ojo, Goldbart que viene la Policía y te deporta”.

Y así a cada momento, mientras Ezequiel Fernández Moores intenta amigarse con la tecnología a pesar de los chistes que eso genera porque Daniel Arcucci lo viralizó en las redes y hasta lo reflejaron algunos medios, hasta lo ridículamente complejo y estresante que resultó registrar nuestro alojamiento durante el Mundial ante las autoridades rusas, por la dominante burocracia que gobierna Rusia y por la urgencia de la dueña de departamento por sacarse de encima el compromiso, sin importar si nos ayuda o no.

Comprometerse a un horario y llegar tres horas después, el gesto continuo de “y bueno, no puedo hacer nada” ante cada una de las muchas dificultades que se presentaron y casi un trato que da a entender que le molesta nuestra presencia en su departamento, a pesar de haber sido ella quien lo ofertó en AirBnB y nosotros le pagamos por su techo. Más problemática ella que el propio trámite, para el que tuvimos tres días y lo terminamos de resolver (no del todo) en el último minuto con apuro, susto y preocupación.

Todo esto pasó en las primeras horas. Poco sueño porque anochece cerca de las 22 y amanece a las 3, porque el tiempo y el espacio no sobran y las responsabilidades son muchas. Y recién pasaron un par de días desde que comenzó la aventura. Sin chance alguna si quiera de salir a dar una vuelta.

Pasó la angustia de la despedida y le dio lugar a la locura del día a día en un país diametralmente opuesto a lo que conocemos con el vértigo que propone un Mundial. Ah no? Mientras se votaba la sede para 2026, España echó a su entrenador, a tres días del debut por haber arreglado con el Real Madrid. La TV se fue con este caso y no con una votación significativa en FIFA. Eso es vértigo.

Al parecer, así es una Copa del Mundo desde adentro con tipos a los siempre leíste, miraste o escuchaste para aprender. Para leer, mirar, escuchar y aprender soy muy bueno.

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