El fútbol es pornográfico

Pornográfico. No cabe otro adjetivo. Posiblemente obsceno. Pero no sale de ahí. Los mercados de pases de verano e invierno lo demuestran cada año y cada vez más. Ya no tiene sentido ni razón de ser, por ejemplo, leer que el Real Madrid está dispuesto a pagar 400 millones de euros por Neymar. Un futbolista, tan sólo un futbolista. Un tipo que es brillante jugando al fútbol, pero es tan sólo un futbolista.

Un futbolista equivale a la tercera parte del PBI de la República Centroafricana, uno de los cinco países más pobres del mundo. Una catorceava parte del PBI de Somalia en 2015, el país más pobre del Planeta.  La mitad de lo que el gobierno español destina para políticas de comercio, turismo y pymes.

Philippe Coutinho, brasileño como Neymar, le costó al Barcelona 160 millones de euros. Pero tasó su cláusula de recisión en 400 millones. River, uno de los dos equipos más ricos de la Argentina lleva gastados cerca de 20 millones en dos jugadores y se habla de un exceso en las erogaciones para reforzar al plantel.

A mediados de los 90, el Boca de Bilardo gastó una cifra similar en más de quince jugadores. Por esos años, el Milan de Italia desembolsó 50 millones de dólares por Gianluigi Lentini, por aquel entonces en el Torino.

A River lo apodan los millonarios, por la contratación de Bernabé Ferreyra en 1932 por 35 mil pesos, suficientes en esa época para comprar 516 mil kilos de trigo.

Un sinsentido. Y dejamos de lado los sueldos, premios e ingresos que perciben jugadores y clubes por contratos de publicidad y televisión. Eso es un negocio aparte. Inflado y exagerado, pero va por otro carril. Se trata de uno de los negocios más grandes del mundo junto a la industria bélica, el narcotráfico y la prostitución, por ejemplo.

Los mercados en América toda se sostienen en un ratio que Europa superó hace muchos años, donde comprar a un delantero por once millones es nada allí y casi una locura en estas latitudes. México y Brasil demuestran, a través de algunos clubes, mayor poderío económico, pero no mucho. Es cierto que los tipos de personalidades jurídicas y las formas de administrar las entidades son muy distintas, pero no le da sentido a ninguna de estas cifras. 

Como cuando hace diez años el Real Madrid pagaba casi 40 millones por Pepe, un ignoto zaguero portugués. Como soltó casi 200 millones por Kaká y Cristiano Ronaldo. O los “Galácticos”, un tiempo antes. Florentino Pérez, titular del Real Madrid, es un especialista en pagar cifras ridículas y ofensivas por jugadores. Es su juego, su negocio, su modo de gestionar al Merengue.



Pero se sumaron los jeques árabes, los nuevos ricos rusos y empresarios asiáticos, entre otros, que desembarcaron en el planeta fútbol para disparar los precios, para mostrarle a sus rivales “quién la tiene más grande”, incluso mientras en 2008 Europa se sumergía en una crisis devastadora. No importa. La competencia sigue. Y sigue con la ayuda de los medios, que además publican cuánto ganan y cómo viven los jugadores, protagonistas de un deporte con público mayormente de clase media-baja, que desata bestias en los padres de los chicos que recién inician sus caminos en la divisiones infantiles y los insultan y se pelean con todos porque el pibe tiene que ser el nuevo Messi para salvarse porque la guita no alcanza. Los chicos dejan de jugar. Florentino y los suyos siguen jugando y cada vez más.

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