El inviable


El fútbol argentino es total y absolutamente inviable. Más allá que se alcancen logros deportivos, ha llegado a un nivel de histeria, violencia y ridiculez absoluta. Nunca vista. Alguna vez, en caliente, pedí que se suspenda por 99 años. Hoy lo reitero.

Ariel Holan llegó a Independiente con buenos antecedentes, pero expectativas medidas. El Rojo ya se había llevado muchas desilusiones.

Tras casi un año de gestión al frente del fútbol profesional, armó un equipo. Un muy buen equipo. Equipo que representó al club de sus amores. Y consiguió resultados. Ganó, luego de siete años de sequía absoluta, la Copa Sudamericana, nada menos que en el Maracaná contra el Flamengo.

Jugando muy bien. Respetando su historia. Conquistando a hinchas propios y ajenos. Se ganó el reconocimiento de casi todos. De todos.

Hace algunos meses fue apretado cobardemente, como siempre, por la barra brava. Ese hecho sembró un mar de dudas respecto de su futuro. Decidió seguir. Logró lo que logró.

Tras imponerse en la serie decisiva ante el conjunto carioca, un cronista le preguntó si iba a seguir.

"No sé, no me quiero despertar de este sueño", respondió Holan, entre lagrimas, tratando de disfrutar su máximo momento de gloria como entrenador.

Poquitos días después, Independiente, la prensa y los hinchas comenzaron a especular sobre qué pasará con el primer entrenador, en mucho tiempo, que contaba con un apoyo casi unánime. Que había cargado la mochila para 2018 de ilusiones y grandes expectativas.

Se juntó con el presidente recién reelecto, Hugo Moyano, y le comunicó la decisión de no seguir. Luego, se lo comunicó a la prensa y a los hinchas a través de una carta. Lo vivido con los imbéciles criminales de la barra lo había hecho inclinar la balanza definitivamente. El miedo de su familia, tal vez no tanto el propio, no dejaron lugar a la fantasía de seguir creciendo como entrenador de Independiente.

Nunca logró sentirse seguro. Ni siquiera con Cristian Ritondo como dirigente de Independiente y como ministro de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires. Ni el propio Ritondo fue capaz de brindarle seguridad. Apenas, su labor. No pudo con uno.

Es solamente un ejemplo de los miles que ocurren día a día en un fútbol putrefacto de un país violentado y violento. Triste. Inviable.

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